"Yo había
buscado pruebas, algo para mis ojos, oídos o manos" Por Jim Bishop
Autor de libros
de historia y biografía Columnista de "El Caribe".
A la
edad de cuatro años yo sabía que Dios está en todas partes. Yo hablaba con El
y a veces me escuchaba con simpatía. Fue ocasión inolvidable de mi niñez cuando
de veras El me envió una bicicleta con frenos del tipo que deseaba.
Mientras
crecía y llegaba a ser hombre, aprendía más y más, y menos creía en Dios. Me
decía para mí que a El le inventaron los antiguos porque temían la oscuridad
eterna de la muerte. O peor aún, a El le habían creado conforme a su propia
semejanza.
Cuando
llegué a tener 27 años, mi inteligencia superior me decía que Dios era un
engaño. El cielo no puede estar "arriba" ni el infierno
"abajo" porque en el espacio no hay arriba ni abajo. Sabía también
que todo en la creación muere, desde el insecto más pequeño hasta la estrella
más brillante.
En los
años siguientes tuve épocas de mucho trabajo y algún éxito, pero no eran años
de felicidad. En mi, hubo como un "caballitos" de la mente en el
cual los caballos de la duda daban vueltas incesantes al compás de una Música
de "bachata". Llevaban sillas vacías y subían y bajaban con furia
de incredulidad en Dios, en mi mismo, en mi trabajo, en mi esposa, en la
humanidad, aun en mi madre y padre.
Luego
un día tuve una nueva experiencia. Vi el milagro del nacimiento y cambió el
curso de mi mente. Yo había visto a bebés anteriormente, por supuesto. Los había
arrullado, acariciado, y había observado sus sonrisas sin dientes y mientras
estuvieran en mis brazos me apuraba que no llorasen.
Pero
este milagro era Virginia Lee, una niña mía. En verdad era meramente otra bebé
(¡una que era excepcionalmente bella, por cierto!) pero tan cerca de mi que en
esta ocasión empecé a averiguar el asunto de la vida y el nacimiento.
Ella
era el resultado de la unión de dos cuerpos en amor, pero ¿cómo aprendió el
huevo a rodar al útero en el seno de la madre? ¿Qué provocaba a los
espermatozoos a fertilizar al huevo? Y ¿cuál deidad lejana le dijo al huevo
que se dividiera; y se volviera a dividir innumerables veces hasta formar el
feto, que inventara su propia fábrica química para absorber el alimento
provisto por la madre?
Yo me
preguntaba, ¿cómo podría un infante, sin consciencia de la vida ni de la lucha
por la existencia fabricar el número correcto de piernas y brazos, dedos, ojos
y oídos? ¿Todo eso se hizo por sí mismo?
Si era
cuestión de genes, ¿ellos también se hicieron a sí mismos? Tal vez
evolucionaron a través de millones de años. ¿Y de qué? ¡Yo empezaba a dudar de
mis dudas!
Poco a
poco iba perdiendo la confianza en mi inteligencia. Estaba tan lejos de proveer
las contestaciones que necesitaba. El aire es invisible, pero sin él, moriría.
Así es, me decía, con el espíritu del hombre. Yo tenía necesidad de ALGO para
alentar en mi alma el soplo de vida que había destruido por mi mente humana.
Luego
en un período corto de nueve semanas vi mi mente revelada como instrumento
inútil e impotente. Mi madre y mi esposa fueron llevadas. Se fueron
tranquilamente, ricas en fe, fuertes en el conocimiento de donde iban. Pero, para
mí las semanas se hicieron interminables, los meses parecían estacionarios.
A
veces, perdido en un laberinto de perplejidades, yo me volvía al principio. Vez
tras vez argumentaba: 1. No hay Dios, 2. Sí, lo hay. Día tras día empecé a ver
que nada sucede por la casualidad. Todos los eventos, buenos, y malos, son
parte de un plan divino que tiene una armonía perfecta.
Aprendía
muy al paso. De alguna manera, en alguna parte, mientras buscaba, tentando,
hallé mi alma. De la noche a la mañana sabía que estaba allí, herida,
sangrienta, tal vez, pero viva.
Y si
hay un alma, tiene que haber un Dios. La ciencia no puede medir el alma.
Llámese conciencia, llámese razonamiento entre el bien y el mal, llámese un
ser espiritual — está allí porque es la voluntad de Dios.
Empecé
a orar. Descubrí que podía decir una corta oración en cualquier momento — mientras
manejaba el carro, mientras me afeitaba, mientras pensaba en Su presencia
todopoderosa. Empecé a pedir cosas, no cosas pequeñas. Pedía por la paz del
mundo, pedía fe para los incrédulos. Oraba por los pobres, por los heridos,
los viejos, los solitarios. A medida que la fe retornaba en mí, temía que se
disolviera otra vez. Así pedía también una fe firme y constante.
La fe
no llega tan rápido como se lee estas palabras. Aparece y desaparece. Viene
como una marea llena y luego retrocede. Por un tiempo sentí como si estuviera
enamorando la fe, cultivándola como se haría con un amigo que no había
conocido. Asiéndome, agarrando hasta alcanzar. Luego vino la calma. Cuando me
rendí, sentí Su presencia. No fue cuestión de apariciones, de fantasmas en la pared.
El estaba allí y yo lo sabía.
Entendí
que yo estaba aquí en el mundo como parte de una prueba enorme. El me había
dado la custodia de mi alma; algún día me pediría cuenta de mi mayordomía. Ya
había gastado la mitad de mi vida dando patadas y golpeando esa alma hasta
dejarla en estado de inconsciencia. Así susurraba: "Perdóname. Hazme más
agradable a Ti". Lo decía vez tras vez. También dije, "Querido Dios,
yo era una vez muchachito que oraba, sin saber lo que era la fe, y Tú me diste
una bicicleta que no merecía. Favor de recordarte de mí."
Y por
fin, como vino la bicicleta, vino la luz. Yo había deseado pruebas. El quería
que yo creyera sin que se revelara a los sentidos.
Si El
se revelara a nosotros por los sentidos ninguno necesitaría de fe. Nadie se
esforzaría. No habría valor en la lucha para vivir si tan fácilmente nos
asegurara que la vida en el paraíso nos espera más allá de esta vida.
No, es
mejor prueba de nuestra devoción si El permanece un poco distante y
escondido, un poquito más allá del alcance de nuestros sentidos.
Yo
había deseado pruebas, algo para los ojos, los oídos, y las manos. El quería
que creyera sin eso. De mí requería la fe. Y nunca descansó El hasta que yo la
hallara.
Sendas de Luz, Marzo-Abril, 1978