martes, 9 de julio de 2013

Mi Viaje a la Fe


"Yo había buscado pruebas, algo pa­ra mis ojos, oídos o manos" Por Jim Bishop
Autor de libros de historia y biografía Columnista de "El Caribe".
A la edad de cuatro años yo sabía que Dios está en todas partes. Yo ha­blaba con El y a veces me escuchaba con simpatía. Fue ocasión inolvidable de mi niñez cuando de veras El me en­vió una bicicleta con frenos del tipo que deseaba.
Mientras crecía y llegaba a ser hom­bre, aprendía más y más, y menos creía en Dios. Me decía para mí que a El le inventaron los antiguos porque temían la oscuridad eterna de la muerte. O peor aún, a El le habían creado con­forme a su propia semejanza.
Cuando llegué a tener 27 años, mi inteligencia superior me decía que Dios era un engaño. El cielo no puede estar "arriba" ni el infierno "abajo" porque en el espacio no hay arriba ni abajo. Sabía también que todo en la creación muere, desde el insecto más pequeño hasta la estrella más brillante.
En los años siguientes tuve épo­cas de mucho trabajo y algún éxito, pe­ro no eran años de felicidad. En mi, hubo como un "caballitos" de la men­te en el cual los caballos de la duda da­ban vueltas incesantes al compás de una Música de "bachata". Llevaban si­llas vacías y subían y bajaban con fu­ria de incredulidad en Dios, en mi mis­mo, en mi trabajo, en mi esposa, en la humanidad, aun en mi madre y padre.
Luego un día tuve una nueva ex­periencia. Vi el milagro del nacimiento y cambió el curso de mi mente. Yo ha­bía visto a bebés anteriormente, por supuesto. Los había arrullado, acari­ciado, y había observado sus sonrisas sin dientes y mientras estuvieran en mis brazos me apuraba que no llorasen.
Pero este milagro era Virginia Lee, una niña mía. En verdad era meramen­te otra bebé (¡una que era excepcionalmente bella, por cierto!) pero tan cerca de mi que en esta ocasión empecé a averiguar el asunto de la vida y el nacimiento.
Ella era el resultado de la unión de dos cuerpos en amor, pero ¿cómo aprendió el huevo a rodar al útero en el seno de la madre? ¿Qué provocaba a los espermatozoos a fertilizar al hue­vo? Y ¿cuál deidad lejana le dijo al hue­vo que se dividiera; y se volviera a di­vidir innumerables veces hasta formar el feto, que inventara su propia fá­brica química para absorber el alimen­to provisto por la madre?
Yo me preguntaba, ¿cómo podría un infante, sin consciencia de la vida ni de la lucha por la existencia fabricar el número correcto de piernas y brazos, de­dos, ojos y oídos? ¿Todo eso se hizo por sí mismo?
Si era cuestión de genes, ¿ellos también se hicieron a sí mismos? Tal vez evolucionaron a través de millones de años. ¿Y de qué? ¡Yo empezaba a du­dar de mis dudas!
Poco a poco iba perdiendo la con­fianza en mi inteligencia. Estaba tan le­jos de proveer las contestaciones que ne­cesitaba. El aire es invisible, pero sin él, moriría. Así es, me decía, con el es­píritu del hombre. Yo tenía necesidad de ALGO para alentar en mi alma el soplo de vida que había destruido por mi mente humana.
Luego en un período corto de nue­ve semanas vi mi mente revelada como instrumento inútil e impotente. Mi ma­dre y mi esposa fueron llevadas. Se fueron tranquilamente, ricas en fe, fuer­tes en el conocimiento de donde iban. Pero, para mí las semanas se hicieron interminables, los meses parecían esta­cionarios.
A veces, perdido en un laberinto de perplejidades, yo me volvía al principio. Vez tras vez argumentaba: 1. No hay Dios, 2. Sí, lo hay. Día tras día empecé a ver que nada sucede por la casualidad. Todos los eventos, buenos, y malos, son parte de un plan divino que tiene una armonía perfecta.
Aprendía muy al paso. De alguna manera, en alguna parte, mientras bus­caba, tentando, hallé mi alma. De la noche a la mañana sabía que estaba allí, herida, sangrienta, tal vez, pero viva.
Y si hay un alma, tiene que haber un Dios. La ciencia no puede medir el alma. Llámese conciencia, llámese razo­namiento entre el bien y el mal, llámese un ser espiritual — está allí porque es la voluntad de Dios.
Empecé a orar. Descubrí que podía decir una corta oración en cualquier momento — mientras manejaba el ca­rro, mientras me afeitaba, mientras pen­saba en Su presencia todopoderosa. Em­pecé a pedir cosas, no cosas pequeñas. Pedía por la paz del mundo, pedía fe para los incrédulos. Oraba por los po­bres, por los heridos, los viejos, los so­litarios. A medida que la fe retornaba en mí, temía que se disolviera otra vez. Así pedía también una fe firme y cons­tante.
La fe no llega tan rápido como se lee estas palabras. Aparece y desapare­ce. Viene como una marea llena y luego retrocede. Por un tiempo sentí como si estuviera enamorando la fe, cultivándola como se haría con un amigo que no había conocido. Asiéndome, aga­rrando hasta alcanzar. Luego vino la calma. Cuando me rendí, sentí Su pre­sencia. No fue cuestión de apariciones, de fantasmas en la pared. El estaba allí y yo lo sabía.
Entendí que yo estaba aquí en el mundo como parte de una prueba enor­me. El me había dado la custodia de mi alma; algún día me pediría cuenta de mi mayordomía. Ya había gastado la mitad de mi vida dando patadas y gol­peando esa alma hasta dejarla en es­tado de inconsciencia. Así susurraba: "Perdóname. Hazme más agradable a Ti". Lo decía vez tras vez. También di­je, "Querido Dios, yo era una vez mu­chachito que oraba, sin saber lo que era la fe, y Tú me diste una bicicleta que no merecía. Favor de recordarte de mí."
Y por fin, como vino la bicicleta, vino la luz. Yo había deseado pruebas. El quería que yo creyera sin que se re­velara a los sentidos.
Si El se revelara a nosotros por los sentidos ninguno necesitaría de fe. Na­die se esforzaría. No habría valor en la lucha para vivir si tan fácilmente nos asegurara que la vida en el paraíso nos espera más allá de esta vida.
No, es mejor prueba de nuestra de­voción si El permanece un poco distan­te y escondido, un poquito más allá del alcance de nuestros sentidos.

Yo había deseado pruebas, algo pa­ra los ojos, los oídos, y las manos. El quería que creyera sin eso. De mí reque­ría la fe. Y nunca descansó El hasta que yo la hallara.
Sendas de Luz, Marzo-Abril, 1978