(Juan Samuel Syniak fue un judío de nacionalidad
Rusa, que nació en la segunda mitad del siglo XIX y falleció en Lausana en la década de 1940. En la carta
que publicamos relata las experiencias que lo llevaron a reconocer que Jesús es
aquel cuya venida y sufrimientos fueron anunciados por Isaías y los profetas)
Nací en Rusia en el año 1863. Mi
padre, que era un piadoso rabino de la Polonia rusa, y fiel a las enseñanzas
del Talmud, se esforzaba en seguir al pie de la letra los mandamientos de la
Ley y de la Torá. De esta manera esperaba justificarse ante Dios y recibir su
bendición.
Desde el casamiento de mis padres,
habían transcurrido seis años sin que pudieran engendrar hijos. Durante todo
ese tiempo rogaron a Dios que les concediese un niño, ya que para los judíos,
los hijos son, en primer lugar, una manifestación de la benevolencia divina y,
en segundo lugar, brindan la seguridad de una unión estable, porque, según las
prescripciones del Talmud, todo matrimonio que no puede procrear debe ser
disuelto al cabo de diez años.
Con el nacimiento de un hijo
varón, se vieron colmados sus anhelos. Desde mi nacimiento hasta los siete
años, sufrí los efectos de una parálisis que me impedía caminar, pero eso no
fue un inconveniente para que mi educación fuera extremadamente severa.
¡Cuántas veces me castigó mi padre por haber dejado caer al suelo,
inconscientemente o no, el pequeño casquete (kipá) con que los judíos siempre deben
cubrir sus cabezas! También me castigaban si los cordones en las franjas de mis
vestidos lucían desaliñados (véase Númerosl5:37-39), o si no despedía
rápidamente a un niño no judío que hubiera venido a jugar conmigo.
Mi padre murió cuando tenía
treinta y seis años. Su salud se quebrantó prematuramente, por las duras
privaciones que se había impuesto a sí mismo, tratando de alcanzar la
santidad. Aunque era muy severo conmigo, fue un buen padre. Cuando él murió, mi
madre se encargó de mi educación.
Mi madre era una mujer muy dulce,
y tan piadosa como mi padre. Mis rápidos progresos en la escuela le daban gran
satisfacción. Como tenía facilidad para el estudio, me dediqué a él con tesón;
y, tanto mis maestros como mis parientes, pensaban que yo llegaría a ser una
luminaria en Israel.
Mi ambición era llegar a ser
rabino, ya que mi familia pertenecía a la clase sacerdotal. Según nuestro árbol
genealógico, soy descendiente de la casa de Aarón. Por eso cuando cumplí nueve
años, me enviaron a la sinagoga para estudiar bajo la férula de los dirigentes
religiosos de la comunidad judía. Dios me había dotado de una conciencia
delicada, y la severa educación que me impartieron mis padres me había ayudado
a desarrollarla. Desde los cuatro años tuve conciencia del horror del pecado y
de la santidad de Dios. Un día en que me estaba bañando estuve a punto de
morir ahogado. En esos momentos, la angustia que se apoderó de mi alma fue terrible
pues, aun reconociendo que era un pecador, no podía implorar el socorro de
Dios, porque estaba desnudo en el agua. De
acuerdo con las prescripciones del Talmud, un judío no puede orar si no está
completamente vestido. Pero Dios me salvó de aquella fatalidad, como lo hizo
más tarde cuando, manifestando su gracia, me salvó de la perdición eterna.
Cuando cumplí trece años, se
celebró la fiesta de mi emancipación y de la responsabilidad que todo joven
debe asumir desde esa edad. Yo mismo redacté el discurso que debía pronunciar
en esa ocasión, discurso que en estos casos suele ser escrito por el maestro de
religión. El tema que elegí para esa oportunidad fue «el nazareato», pues mi
deseo era consagrar mi vida entera a Dios. El día que recibí los amuletos o
filacterias, fue un día de piadosas resoluciones y, puedo decirlo, muy feliz.
Pero dos días después, me encontraba abatido y desanimado. Había faltado a mis
compromisos y experimentaba mi incapacidad para llevar una vida santa, debido a
la condición pecaminosa de mi corazón. Desde ese momento sostuve una ininterrumpida
lucha interior y suspiraba constantemente por hallar liberación.
Por consejo de mi guía
espiritual, me uní a unos jóvenes judíos, celosos en la fe, en cuya compañía
estudié la ley, haciendo ayunos y oraciones. Comenzábamos el estudio a las
siete de la mañana y continuábamos sin interrupción hasta las tres de la tarde;
luego lo retomábamos a las cuatro y seguíamos hasta las cinco de la mañana
siguiente. De las veinticuatro horas del día, sólo asignaba tres para
participar de mis frugales comidas y para dormir por un corto lapso de tiempo.
No me acostaba en la cama sino que dormía en una silla del aula. Sólo el
viernes a la mañana volvía a casa y, extenuado, dormía hasta el sábado a la mañana.
Viví de ese modo durante dos
largos años, hasta que mi salud se quebrantó seriamente, debido a las privaciones
y largas vigilias que me había impuesto. Pero también mi alma estaba enferma,
porque no hallaba la paz. Así que renuncié a mi proyecto de ser rabino y me
dispuse a estudiar para obtener un título de profesor. Después de varios años
me asignaron una cátedra para enseñar los idiomas ruso y hebreo en Kischineff,
un poblado de Besarabia, muy lejos de mi patria.
3. El
movimiento de Besarabia
En Rusia, después de la muerte
del zar Alejandro, estalló una persecución contra los judíos, cuyas
consecuencias se sintieron hasta en la región de Besarabia. Muchos de nuestros
connacionales emigraron a Palestina con la idea de fundar allí una colonia. La
misión de hallar en Palestina un rincón de tierra favorable para la realización
de este proyecto, fue confiada al abogado Joseph Rabinowitsch, un hombre que
se contaba entre los más eminentes.
Rabinowitsch era un sabio que
conocía también la historia de los Evangelios pero, aunque fue hijo de una
judía creyente, era un librepensador. Cuando fue a Jerusalén y visitó los
lugares sagrados, entre otros, la iglesia del Santo Sepulcro que, según se
dice, fue construida sobre la tumba de Cristo, se detuvo a contemplar durante
mucho tiempo este memorable lugar. Súbitamente, una pregunta comenzó a
inquietar su alma: Aquel que fue puesto en ese sepulcro, ¿no habría sido el
Mesías de su pueblo? ¿Por qué Israel lo crucificó? ¿En qué situación se encuentra
mi pueblo ahora? ¿Por qué, desde entonces, fue abatido por tantas desgracias?
Estas preguntas, que se sucedían unas tras otras con la rapidez de un relámpago
y que se habían apoderado de su mente, sirvieron para alumbrar su corazón y
conducirlo
a la luz plena. El jurista judío incrédulo
fue divina y cabalmente convencido de que ese Jesús, crucificado por su
pueblo, había resucitado y era el Hijo de Dios, el Rey de Israel. Rabinowitsch
salió de la iglesia del Santo Sepulcro, sintiendo que un cambio radical se
había operado en él. Ahora era una "nueva criatura".
Esa misma noche, desde su hotel,
el flamante convertido a Cristo escribió a Kischineff: «He hallado la llave del
problema judío.» Es de imaginar la alegría y agitación que este anuncio provocó
en su ciudad natal. La noticia apareció en los diarios, y todos los habitantes
esperaron con impaciencia el retorno de su conciudadano.
Rabinowitsch llegó al cabo de
quince días y, enseguida, organizó una reunión a la que asistieron cuantos
pudieron llegar. En presencia de los judíos más honorables de la ciudad, dio
una conferencia a la que prestaron la mayor atención. Como lo hizo Esteban,
según leemos en el capítulo 7 del libro de los Hechos, el orador demostró a
los oyentes que Dios había conducido misericordiosamente a su pueblo,
enviándoles muchos testigos que fueron temerariamente rechazados unos tras
otros. Relató toda la historia del pueblo judío hasta llegar a Jesús de Nazaret,
y terminó con estas palabras: «Y este Jesús es el Cristo, nuestro Mesías
prometido. Ésta es la única solución para el problema judío.» Como resultado
de estas palabras se manifestaron el estupor y la indignación. En menos de dos
minutos la sala quedó vacía. El auditorio huyó llorando y sacudiendo la
cabeza.
Desde ese día Rabinowitsch anunció
diariamente a Cristo. Muchos judíos iban a verlo; unos blasfemando, otros para
polemizar, y algunos, no pocos, aceptaron sus palabras y se convirtieron al
Señor.
Rabinowitsch celebraba reuniones
en su casa y lo hacía con regularidad. Leía dos capítulos de las Escrituras:
uno del Antiguo y otro del Nuevo Testamento. Con la lectura del primero exponía
las profecías, y con la del segundo el cumplimiento de ellas; con uno la
sombra y con el otro la realidad: Cristo. En la entrada de la casa había un
cartel escrito en ruso y en hebreo, donde se leían las palabras pronunciadas
por el apóstol Pedro: "Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel,
que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y
Cristo" (Hechos 2:36).
Tal era la situación cuando la
mano de Dios me condujo a Besarabia. Me sentía miserable y abatido. La
preocupación por mis pecados, para los cuales no hallaba propiciación, era constante
y no me daba descanso.
Antes de repetir mis plegarias a
la mañana y a la noche, y para acatar las prescripciones del Talmud, leía
diariamente los primeros capítulos del Levítico, que tratan sobre los
sacrificios, y declaraba siempre, según las ordenanzas: «¡Que la repetición de
estas palabras delante de ti, oh Dios, me sea contada como si yo mismo te
hubiera ofrecido un sacrificio!» Pero siempre me asaltaban las dudas: ¿podría
Dios concederme esta petición?
Yo deseaba, de todo corazón,
practicar los preceptos de Dios. Sabía que eran justos y rectos, pero era incapaz
de perseverar en ellos. Había prestado oídos al tentador, y como no hallaba paz
en la lectura de la Torá, me sumergí en el estudio de libros filosóficos. Leí a
Spinoza y a Kant; e iba al teatro, lo cual era algo condenable para un judío
fiel. Naturalmente, mi alma ávida de paz y de comunión con Dios, no encontró
ningún alivio en la filosofía; aún menos que en los ejercicios religiosos.
Corría ese tiempo cuando oí
hablar de las predicaciones de Rabinowitsch acerca del Dios de los gentiles. A
pesar de mi miserable estado, sentí una viva indignación, y me costó largo tiempo
tomar la decisión de asistir a esas reuniones para escucharlo. Mientras tanto
escribí al redactor de un diario judío de San Petersburgo, diciéndole que un
jurista judío daba conferencias en Kischineff, incitando a sus oyentes a
convertirse al Dios de los cristianos.
El diario publicó mi carta,
señalando que, por el hecho de que yo era profesor, sería la persona indicada,
con la suficiente autoridad para debatir con él y reducir al silencio los
argumentos de ese hombre, y se proponía publicar mi debate con Rabinowitsch.
Durante el otoño de 1884, un
sábado a la mañana fui a la casa de Rabinowitsch, tal como me lo había sugerido
la parte directiva del diario. Ese día él disertaba acerca de "las
ciudades de refugio" que, en el antiguo pacto, Dios había dado a su
pueblo, para que cualquiera que involuntariamente hubiera vertido sangre
inocente, pudiera escapar del vengador, refugiándose en una de ellas.
Rabinowitsch leyó el capítulo 35 del libro de los Números y luego algunos
pasajes del Nuevo Testamento.
Estupefacto, le oí decir que mi
pueblo había vertido la sangre de un justo de la simiente de David, y que este
justo, clavado en la cruz, había clamado a Dios: "Padre, perdónalos porque
no saben lo que hacen". Por esta causa, explicó Rabinowitsch, Israel está
huyendo de delante del vengador de la sangre. Pero, ¿a dónde podría huir? El
orador demostró entonces que, según las profecías divinas, la única salvación
posible para Israel se halla en los sufrimientos y la muerte del Justo, en
Aquel que fue sin pecado, y de quien Isaías dice: "Herido fue por nuestras
rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre
él, y por su llaga fuimos nosotros curados" (Isaías 53:5). «El Santo de
Israel —decía Rabinowitsch—, al que su pueblo rechazó y crucificó, y después de
cuya venida le fue retirado el cetro a Judá, no es otro que Jesucristo el Hijo
de David, aquel de quien, en el Nuevo Testamento, está escrito: "La sangre
de Jesucristo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado". Por eso Él es
la "ciudad de refugio" para Israel, para el Israel que ha derramado
su sangre.»
Estas palabras penetraron
profundamente en mi corazón, ¡Cuánto había suspirado por esta revelación!
Comprendí que era posible obtener el perdón de los pecados y la paz con el
Dios de nuestros padres que, según las profecías, había enviado a un Redentor,
a Jesús, de Belén —la ciudad de David—, de la casa de Judá. Supe que el León de
la tribu de Judá, la simiente prometida a la mujer, era Aquel que murió en el
Gólgota y aplastó la cabeza de la serpiente.
Cuando terminó la reunión, me
acerqué a Rabinowitsch y le pedí un Nuevo Testamento que él me entregó con sumo
gozo. Luego volví apresuradamente a casa llevando mi tesoro y, durante tres
días y tres noches —con breves interrupciones— dediqué todo el tiempo a este precioso
Libro, leyéndolo con atención desde el principio hasta el fin. ¡Qué claridad de
lo alto me dio! ¡Qué plenitud de luz!
Naturalmente, al principio entendí
muy imperfectamente lo que leía; pero los Evangelios, los Hechos y, sobre todo,
la epístola a los Hebreos, me revelaron el glorioso plan de Dios para la
salvación del pecador. Comprendí el estado de perdición del hombre que, por
naturaleza, se encuentra alejado de Dios, sin otra esperanza que el juicio y
la condenación. Hallé también la respuesta a lo que yo sentía y me había hecho
suspirar durante tantos años: supe que
el hombre es culpable, que está perdido y que
es incapaz de ayudarse a sí mismo. Pero a la vez, Dios me presentaba ahora la
maravillosa redención preparada para el pecador, la salvación eterna que Él
ofrece en su inmenso e inefable amor. Entonces recibí la paz por medio de la fe
en la sangre de Jesús, a quien Dios presentó como propiciación (Romanos 3:25).
Un gozo indescriptible llenó mi alma. Repentinamente, más de cien pasajes del
Antiguo Testamento que hasta ese momento me habían resultado difíciles de
entender, ahora se presentaban con toda claridad a mi corazón. Adoré a Dios con
reconocimiento y acciones de gracias, porque desde ese momento Él fue mi Dios y
Padre en Jesucristo.
5. Años de
prueba. Emigración
Con absoluta lealtad hice saber
al redactor del diario de San Petersburgo cuál había sido el resultado de mi
gestión ante Rabinowitsch, diciéndole que, por medio de éste, había encontrado
la salvación y la paz en Jesús. Se comprenderá muy fácilmente el hecho de que
mi carta haya sido reducida al silencio. También escribí a mi madre, en quien
no dejé de pensar desde que hallé al Señor. Yo sabía cuánto sufría bajo el peso
de las leyes del Talmud y cómo deseaba la liberación. Pero ella no me
comprendió; creyó que yo había perdido la razón y me rogaba que volviera a
casa. Entonces le escribí por segunda vez, relatándole con muchos detalles lo
acontecido; pero ella me contestó con palabras terribles, diciendo que si yo
había negado la fe de mis padres ya no deseaba volver a verme.
En los años que siguieron me vi
sumido en amargos sufrimientos; fueron años en los cuales me vi expuesto a muchas
pruebas y tentaciones. El pensamiento de ser rechazado por mi madre, a quien yo
amaba con tanta ternura, y de estar separado de ella para siempre, me quebrantaba
el corazón. Pero la voz de Dios se mantuvo victoriosa, a pesar de que mi mayor
tristeza era la imposibilidad de poder compartir con mi madre la felicidad de
conocer al Señor. Muy pronto afloró la tentación de guardar como un secreto
tesoro, reservado sólo para mí, el don de gracia de Dios, porque, de acuerdo
con mis razonamientos, sabía que perdería mi puesto de profesor en cuanto
reconociera a Cristo de manera oficial. A menudo, durante las noches, clamaba a
Dios: «Señor, tú sabes que no fui yo quien te buscó, sino que Tú me has buscado
y me has hallado. Te ruego que me muestres el camino en que debo andar y que me
guíes.» El Señor me dio las fuerzas para levantar y hacer brillar su luz y no
ponerla debajo del almud. Naturalmente, eso significó el fin de mi carrera como
profesor en un instituto judaico.
El señor Rabinowitsch y otros
creyentes me propusieron que predicase el evangelio a los judíos como misionero
remunerado. Pero, a pesar de lo mucho que me habría gustado trabajar para el
Señor entre mis hermanos según la carne, no me agradaba mucho la idea de
hacerlo en las condiciones que me proponían. El ejemplo del apóstol Pablo se
presentaba con claridad ante mí, de modo que comuniqué a mis amigos que, antes
de anunciar el Evangelio, y para poder hacerlo sin percibir un salario fijo,
quería aprender el oficio de cerrajero. Lo creía realmente importante para la
obra entre los judíos, porque ellos tienen una gran predisposición para pensar
que detrás de toda actividad existe indefectiblemente un interés monetario.
Mi idea de aprender un oficio a
la edad de veinticinco años, provocó la sonrisa de mis amigos, pero no me sentí
frustrado por eso, porque sentía que mi plan tenía la aprobación de Dios. Dejé,
pues, mi país y me instalé en Alemania, en la ciudad de B., donde encontré a
un cerrajero creyente que consintió en aceptarme como aprendiz. Dios, en su
gracia, me dio las fuerzas y las facultades necesarias para emprender mi nueva
tarea.
Fui bautizado en B. y, aun
sabiendo que esto ocasionaría una nueva amargura a mi madre, consideré que mi
deber era comunicárselo. Según la creencia de los judíos, cuando uno de ellos
se convierte al cristianismo pero no llega a bautizarse, los suyos aún guardan
esperanzas de que sea restituido al judaísmo, pero si se bautiza, ya no tiene
posibilidad de salvación y queda definitivamente excluido de su pueblo. De
manera que, cuando partí para Alemania, mi madre me había conjurado para que no
me hiciera bautizar, lo que la obligaría a maldecirme. Me expresó que tenía la
esperanza de que yo sería guardado de dar ese paso decisivo, por respeto ala
piedad de mis padres y de mis ancestros.
Cuando, con una vacilante pero
feliz confesión, le comuniqué mi decisión de bautizarme, recibí la más despiadada
respuesta que mi madre pudo haber escrito en su vida. Al leerla quedé abatido y
tuvieron que llevarme a mi habitación, donde permanecí completamente anonadado
durante tres días. Mi madre me había escrito: «Recibí la noticia de tu muerte.
Rasgué mis vestidos y eché ceniza sobre mi cabeza. Mi duelo por ti ha comenzado.»
A continuación citaba todas las maldiciones enunciadas en el capítulo 26 del
Levítico y en el capítulo 28 del Deuteronomio. La carta terminaba con este
versículo:
"Toda enfermedad y toda plaga que no
está escrita en el libro de esta ley, Jehová la enviará sobre ti, hasta que
seas destruido" (Deuteronomio 28:61).
A este doloroso golpe se
añadieron penosas desilusiones. Yo no podía esperar nada del cristianismo de
Rusia, donde la religión se limitaba a algunos ritos y a la adoración de
iconos. De manera que, lleno de alegría y esperanza, me contacté con cristianos
de Alemania; pero, lamentablemente, entre ellos comprobé la realidad de las
certeras palabras del Señor Jesús concernientes a aquellos que dicen: "¡Señor,
Señor!", pero no le pertenecen realmente. Los cristianos que encontré en
B., y más adelante en otros lugares, procuraban llegar a la santificación de la
carne. Las enseñanzas que recibí de parte de ellos oscurecieron el conocimiento
que yo había adquirido acerca de la elevada posición que el creyente posee en
Cristo, y que Dios me había revelado claramente por su Palabra. Pretendía
poder santificarme a mí mismo, colocándome de nuevo bajo la ley. Me esforzaba
en mejorar mi vieja naturaleza la cual, según la Palabra, es incorregible, pues
Dios la crucificó y juzgó con Cristo en la cruz (Gálatas 2:20 y 5:24). Como no
podía lograr tal santificación me sentía muy infeliz. Me encontraba enredado en
una mezcla de judaísmo con cristianismo tal como la que el apóstol denuncia,
tanto en la epístola a los Gálatas como en la epístola a los Colosenses, a
quienes el apóstol amonesta severamente. En una palabra, había perdido de
vista a Cristo. Mis ojos se habían apartado del Salvador resucitado y sentado a
la diestra de Dios, para ocuparme de mí mismo, de ese pobre y miserable viejo
hombre en el cual no mora el bien (Romanos 7:18). Así como lo hace tanta gente,
sólo me acercaba a Cristo para suplicarle noche y día que santificara y
purificara mi naturaleza pecadora. Pero, ¿cómo habría podido escuchar Él
semejante oración? Su muerte en la cruz me había salvado y justificado
plenamente (Romanos 6:6-7). Sin embargo, las falsas enseñanzas me habían
turbado, haciéndome perder la bendita certeza de que el Espíritu Santo moraba
en mí, y también empañaron mi seguridad de ir con el Señor cuando fuera
llamado a su presencia. Estas verdades me habían hecho muy feliz cuando estaba
en Rusia, pero ahora me sentía muy desgraciado, porque había llegado a
confundirme de tal modo que ya no sabía si yo era judío o cristiano. Y en
muchas cosas veía que el cristianismo que me rodeaba era tan sólo un poco mejor
que el judaísmo del que había salido.
Creí que todo estaba perdido.
Pero Dios tuvo piedad de mí y, con el poder de su Espíritu y la ayuda de su
Palabra, me hizo volver a la simplicidad que se encuentra en Cristo. Me mostró
que mi lugar y mi porción están firmes en Cristo; y que por Él ya era santo y
perfecto, apto para participar de la herencia de los santos en luz, por el hecho
de ser una nueva criatura, miembro de Cristo, uno con Él para siempre, de
manera que nada me podría separar de su amor. Desde ese momento fui nuevamente
feliz y pude dirigirme a Dios como a mi Padre, con el corazón lleno de gozo.
Había transcurrido
aproximadamente un año desde el día en que recibí la fulminante carta de mi
madre. Para ella yo estaba muerto, así que no esperaba recibir más noticias
suyas; sin embargo, continué escribiéndole todas las semanas, aunque siempre
con temor de que no leyera mis cartas. A veces me desanimaba mucho y no sentía
deseos de orar por su conversión.
Pero un día, con gran sorpresa,
recibí una carta en la que me decía: «Querido hijo, estuve enferma y siento una
gran angustia en el alma. Me dirijo a ti con dos pedidos: Perdóname y envíame
otro Nuevo Testamento. ¡Ora por mí! Tu madre.»
¡Qué felicidad sentí! Ese mismo
día le envié un Nuevo Testamento en hebreo y le escribí con gran afecto. Su respuesta
no se demoró. Como ella no conocía las circunstancias en que me encontraba, me
rogaba insistentemente que la visitara en Rusia. Pero, ¿cómo podría yo afrontar
los gastos de tal viaje? Lo que ganaba en verano como cerrajero, apenas me
alcanzaba para pagar mis estudios técnicos durante el invierno. Además, me
sentía moralmente obligado a ayudar a un amigo de Besarabia, que se había
convertido por medio de un Nuevo Testamento que yo le había obsequiado y que,
con su familia, estaba sufriendo grandes necesidades porque había perdido su
puesto de profesor. Pero Dios es un Dios que hace maravillas. Acababa de enviar
el dinero a mi amigo, cuando recibí una carta de un creyente de Stuttgart que
me invitaba a alojarme gratuitamente en su casa durante el período que durasen
mis estudios en la escuela técnica. Recibí esta oferta con gratitud, como un
gran socorro de la mano de Dios, aunque el ofrecimiento aún no me brindara la
posibilidad de realizar un viaje a Rusia. Sin embargo, poco después, una señora
creyente informada de mi situación me remitió el dinero necesario para el
viaje. Aproveché las vacaciones de Navidad para encaminarme a Rusia
inmediatamente. Según el deseo expresado por mi madre, nuestro encuentro no
tuvo lugar en mi ciudad natal, sino en una localidad que distaba a algunos
kilómetros de ella.
Cuando llegué a la estación, mi
madre, que me estaba esperando desde hacía dos horas, se arrojó a mis brazos
exclamando: « ¡Hijo mío! ¡Hijo mío!» Luego fuimos en trineo hasta el hotel
donde ella había reservado habitaciones y, una vez instalados allí, sólo
pasamos unos minutos hablando de mi viaje y de algunas otras cosas, hasta que,
con un profundo suspiro me dijo: «Hijo mío, hablemos ahora de algo muy
importante. ¿Ves cómo he envejecido? ¿Qué será de mi alma cuando yo muera?»
Me habría resultado más fácil
contestarle estas preguntas por escrito. Permanecí un momento sin hallar las
palabras convenientes; finalmente le dije: «Madre, yo creo que tú lo sabes.»
Ella me miró con tristeza y dijo:
«Pero tú sabes que muy a menudo he blasfemado el nombre de Jesús, y que te he
maldecido a ti también, resistiendo tus palabras de cuantas formas hallé. ¿Me
quedará aún alguna posibilidad de obtener el perdón?»
La consolé diciéndole que, sin
duda alguna, sus remordimientos eran el fruto de la obra del Espíritu Santo y
una prueba de la eficaz gracia de Dios. Estas palabras la calmaron de
inmediato y me pareció que refrescaron su acongojado corazón. Seguimos
conversando largamente, y si yo me apartaba del tema, mi madre volvía a él y me
hacía nuevas preguntas acerca de la salvación de Dios.
Al día siguiente, muy temprano,
vino a verme en mi habitación y retomó la conversación de la víspera. De pronto
exclamó: «¿Por qué habría de dudar todavía, si el mismo Dios que pronunció el
juicio contra los culpables, dio también el medio para escapar de la
condenación y ofrece al pecador una salvación completa y gratuita por medio de
su Hijo Jesucristo, quien sufrió y murió en lugar de los culpables? Todo esto
me concierne a mí también. ¡Sí, yo lo creo!»
Me sentí colmado de felicidad.
Sentí la necesidad de explayar mis sentimientos por medio de acciones de gracias
y me arrodillé. Mi madre me imitó y, ante mi sorpresa, fue la primera en orar:
«Señor Jesús, te doy gracias por la redención que has cumplido y por la fe que
me has dado. ¡Tú sabes, Señor, cuán débil es aún mi fe! Fortifícala y
auméntala, te lo ruego.»
Después de haber orado y dado
gracias al Señor por su misericordia, buscamos juntos un pasaje de su preciosa
Palabra y, a pedido de mi madre, leímos el capítulo de los Hechos que relata el
discurso y el martirio de Esteban. Luego dijo: «¡Oh, qué infortunio para
nuestro pueblo que está tan ciego y lleno de odio contra Cristo! ¡Qué felices
son los creyentes! Desearía que mi muerte fuese como la de Esteban. ¡Cuánto
lamento que nuestro encuentro haya tenido lugar aquí, y no en mi ciudad natal!
Si sus habitantes nos lapidaran sólo lograrían matar nuestro cuerpo. También
nosotros podríamos levantar los ojos al cielo y decir: "Señor Jesús,
recibe mi espíritu", tal como lo hizo Esteban.»
El velo había sido quitado de sus
ojos por el Espíritu Santo, y su corazón desbordaba de alabanza y gratitud al
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Ahora ella también tenía el mismo
Padre.
Me interesó mucho escuchar lo que
mi madre me contó acerca del tiempo en que había recibido el anuncio de mi
bautismo. Según la costumbre judía, ella comenzó el duelo por mi «muerte».
Cuando estaba por finalizar el tiempo de su duelo recibió una carta mía,
acompañada de un Nuevo Testamento. El libro fue arrojado al fuego, tal como los
que le había enviado anteriormente y la carta permaneció cerrada. Después de
algunas horas, impulsada por una extraña fuerza, mi madre la abrió, leyó
algunas líneas y la puso a un lado. Luego de experimentar una gran lucha interior,
quiso leerla hasta el final y, cuando terminó de hacerlo, la rechazó enseguida
con horror. Al día siguiente, comenzó a atormentarla una pregunta: «¿No sería
este Jesús, el Mesías prometido?» Se espantó por haber tenido este pensamiento
culpable y, como penitencia, se impuso un ayuno.
Pero su corazón se veía asaltado
constantemente por una duda. Esa lucha interior continuó durante meses, y cada
una de mis cartas aumentaba su angustia; hasta que, aun cuando estaba muy
contrariada, su anhelo de salvación y paz llegó a ser tan grande, que me
escribió para pedirme un Nuevo Testamento. Después de tantas y tan dolorosas
luchas, el gozo que ahora experimentaba mi querida madre era inmenso.
La hora de separarnos llegó
demasiado pronto, pero la certeza de estar indisolublemente unidos en Cristo
nos sostuvo en el dolor de la despedida. Y mi madre, tal como el funcionario
etíope después de su encuentro con Felipe, siguió su camino llena de gozo.
Pronto me escribió que había llegado muy feliz a su casa. En el encabezado de
su carta citaba las palabras de María: "Engrandece mi alma al Señor; y mi
espíritu se regocija en Dios mi Salvador."
Poco tiempo después, la fe de mi
madre fue duramente probada. Cayó gravemente enferma, y mi hermana, que fue
llamada para cuidarla, leyó las cartas que yo continuaba escribiéndole y supo
el cambio que se había operado en ella. Mi hermana, fuera de sí, arrojó el
Nuevo Testamento al fuego, e interceptó mis cartas durante los tres meses que
duró la enfermedad. Pero el Señor siempre permanece fiel. Por su poder que se
manifiesta en la debilidad, mi madre fue guardada en el buen camino.
Durante ese tiempo, estando yo en
Stuttgart, sentí una gran inquietud. ¿Por qué mi madre no me escribía más? ¿El
enemigo habría logrado apartarla del Señor? ¿O estaría sufriendo persecución de
parte de los judíos?
Decidí enviar una carta abierta
con una intimación: si no obtenía respuesta, me dirigiría al alcalde de la
ciudad para tener noticias. Pronto recibí una carta de mi hermana, escrita en hebreo,
en la cual, con muchas imprecaciones, me acusaba de ser el homicida de mi
madre, diciéndome que la había llevado a las puertas de la tumba. Me prohibía
escribirle, y me advirtió que en caso de hacerlo, mis cartas no le serían
entregadas. Por tristes que fueran estas noticias, me traían el consuelo de
saber que mi madre vivía y continuaba fiel a su fe. Escribí de nuevo a mi
hermana suplicándole que me mantuviera informado y que entregara mis cartas a
mamá, pero fue en vano. Un día recibí una carta de una señora judía que vivía
cerca de la casa de mi madre. Me decía que la había visitado y que se ofrecía
como intermediaria para recibir y enviar nuestra correspondencia. Era una
mujer sincera, que había recibido al Señor y mantenía en secreto su fe. Ella
cumplió fielmente con lo prometido.
Pero un día me escribió muy
alarmada, contándome que, bajo la almohada de mi madre, habían hallado una muy
extensa carta dirigida a mí, que había sido leída y que su contenido había sido
comunicado al rabino quien, a pesar de la gran debilidad que sentía mi madre,
se presentó para excluirla solemnemente de la sinagoga.
Después de un tiempo, tuve
ocasión de conocer a esa vecina. Ella confesaba, con lágrimas, que creía en el
Señor Jesús, pero que no tenía las fuerzas necesarias para reconocerlo en público.
¡Qué doloroso! En Rusia, entre los judíos piadosos hay un gran número de
personas en esa situación.
Contra toda esperanza, la salud
de mi madre se restableció. Mi hermana volvió a su hogar y mamá pudo volver a
escribirme.
Después de la partida de mi
hermana, mi madre recibió la visita de una vecina que quería saber el motivo de
la gran agitación que había notado en la casa. Mi madre le contó lo que Dios
había hecho por ella, y cómo había hallado redención, salvación y vida eterna
por fe en el Señor Jesús. Eran palabras muy extrañas para esa mujer católica
que no tenía ninguna seguridad en cuanto a su salvación, ni conocía la paz con
Dios. Escuchó con atención lo que mi madre le dijo y la porción de las Escrituras
que le leyó; y Dios, en su misericordia, no permitió que su Palabra volviera a
Él sin producir fruto. Esta alma sedienta halló la salvación y la paz. Fueron
días de gran bendición los que ambas pasaron leyendo juntas la Palabra.
¡Quiera el Señor, en su gracia,
guardar a mi anciana madre y a todos aquellos que buscan Su socorro! ¡Cuán
felices, cuán eternamente felices son aquellos que reconocen que Jesús es el
Hijo de Dios y lo reciben como su Salvador, mientras dura este tiempo de
gracia! Él es "la piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas
para Dios escogida y preciosa...El que creyere en él, no será avergonzado"
(1 Pedro 2: 4, 6).
... Todo Israel será salvo (Romanos 11:26).
Jacob (o José) Rabinowitz, fue
uno de los personajes judeo-cristianos más importantes que han existido. Nació
en Rusia en 1837 y falleció en su país de origen en el año 1899. Al cumplir
seis años, ya mostraba una agilidad mental poco común. Desde muy joven había
aprendido a recitar de memoria el Cantar de los Cantares de Salomón, en forma
completa. En cuanto a sus estudios, realizó una brillante carrera y se graduó
de abogado con las mejores notas. Prometido en casamiento desde muy joven, se
casó a los diecinueve años.
Cuando cumplió dieciocho años, su
futuro cuñado le prestó un ejemplar del Nuevo Testamento en hebreo, diciéndole:
«¡¿Quién sabe si Jesús no fue el verdadero Mesías?!» Rabinowitz quedó
profundamente sorprendido al oír semejante declaración, y trató de borrarla de
su mente. Pero Dios no se lo permitió. En ese tiempo tomó parte activa en los
asuntos de su pueblo, y escribió muchos artículos en periódicos judíos,
alentando, sobre todo, a emprender estudios que se aplicaran al ámbito
agrícola, con el fin de mejorar la situación del pueblo judío.
En momentos en que se
intensificaba la persecución contra los judíos en Rusia, Rabinowitz fue a
Palestina con el propósito de fundar una colonia donde ellos pudieran asentarse.
Un día, hallándose cerca del monte de los Olivos, se sentó y comenzó a
reflexionar, asaltado por las numerosas preguntas que se agolpaban en su mente
y lo inquietaban desde hacía tiempo; preguntas tales como las siguientes: «¿Por
qué se encuentra en este estado de desolación la ciudad de David y la tierra
que nos fue prometida mediante el pacto?» « ¿Por qué razón nuestro pueblo se
halla disperso hasta los extremos de la tierra?» « ¿Por qué todas estas persecuciones
se renuevan constantemente?» Y allí mismo, al pie de la colina, abrió el Nuevo
Testamento que había llevado consigo, principalmente con el objeto de usarlo
como una ayuda para reconocer los sitios históricos, y sus ojos se fijaron en
el capítulo 15 del evangelio de Juan, donde leyó: "Separados de mí nada
podéis hacer" (v. 5). Estas palabras penetraron como un relámpago en su
espíritu, e inmediatamente tuvo la convicción de haber hallado por fin el
remedio para todos los males de su pueblo, y de que la clave para descifrar el
misterio de Tierra Santa estaba en las manos de Jesús. Su conversión fue tan
repentina como la de Saulo de Tarso. Más tarde diría; «En un abrir de ojos vi
el panorama completo: Nuestros millonarios banqueros judíos, con todo su oro,
no pueden hacer nada por nosotros. Nuestros eruditos y políticos, con toda su
sabiduría, tampoco. Nuestras sociedades de colonización, con toda su influencia
y sus grandes capitales, tampoco pueden ayudarnos. Nuestra única esperanza es
Jesús, nuestro hermano, a quien hemos crucificado, pero al cual Dios ha
resucitado de entre los muertos y se encuentra sentado a su diestra. Sin Él
nada podemos hacer.»
Al regresar a Rusia, predicó con
un celo semejante al del apóstol Pablo, e hizo un llamamiento a su pueblo para
proclamar que Jesús es su única esperanza. Formuló trece tesis y escribió la
obra: «Símbolo de los Israelitas del Nuevo Pacto». Muy pronto fue objeto de
serias persecuciones; sin embargo, permaneció fiel a lo que había recibido del
Señor. Gracias a la influencia del evangelista escocés Sommerville, se
construyó una sinagoga en la ciudad donde vivía Rabinowitz, y el gobierno ruso,
en un gesto condescendiente, le otorgó el permiso necesario para predicar,
reconociendo oficialmente la existencia del «Movimiento Rabinowitz». Durante
muchos años permaneció en esa ciudad predicando a Cristo, y distribuyendo por
toda Rusia tratados que contenían el texto de sus predicaciones. El último
tratado que escribió se titulaba: «Jesús de Nazaret, Rey de los judíos».
El evangelista D. L. Moody invitó
a este gran misionero a visitar la Feria Mundial de Chicago con el fin de
alcanzar con su prédica a millares y millares de personas que concurrían a la
Exposición y, especialmente, a los judíos. Entre otros predicadores muy
conocidos que visitaron Chicago en esa oportunidad, se hallaba el evangelista
A. J. Gordon, proveniente de Boston. Al doctor Gordon le agradaba decir que, de
todos los maestros y predicadores que conoció y que habían llegado desde todos
los países del globo, el que mayor interés le había hecho sentir era José Rabinowitz.
En el libro «Vida de Adoniram Judson Gordon», escrito por su hijo, Ernest B.
Gordon, se puede leer el siguiente comentario:
«En el pasado mes de julio,
fuimos a Chicago para tomar parte en la campaña de evangelización organizada
por D. L. Moody en la Feria Mundial de esa ciudad, y nos alojaron en una habitación
contigua a la de un invitado ruso cuyo nombre aún no se había dado a conocer.
Una noche, oímos fervientes cánticos en hebreo, que provenían de esa
habitación. Cuando preguntamos acerca de esto se nos dijo que se trataba de
alguien llamado José Rabinowitz, que había llegado de Rusia. Con gran sorpresa,
descubrimos que nos encontrábamos al lado de este hombre que deseábamos
conocer, para lo cual no habríamos dudado en cruzar el océano. Fuimos presentados
enseguida y, desde ese día, pasamos juntos tres semanas inolvidables, disfrutando
de la comunión fraternal, dedicados al estudio de las cosas concernientes al
Reino. Nos quedan los recuerdos imborrables de esos días de comunión.
A medida que transcurría el
tiempo, conversando con este israelita en quien no había engaño, y oyéndolo
expresar oraciones en las que su corazón desbordaba, nos parecía que nunca
habíamos sido testigos de un amor tan profundo por Jesús, ni de una
consagración tan grande a Su persona y Su gloria. Jamás olvidaremos su rostro
radiante de felicidad, cuando comentaba los Salmos mesiánicos en nuestro culto
de la mañana o en el de la tarde. Tampoco olvidaremos cómo, por momentos, en
medio de la lectura, levantaba de pronto los brazos y los ojos al cielo,
extasiado de admiración al contemplar a Cristo, ya sea en sus sufrimientos o
glorificado. Entonces decía, como Tomás al ver la marca de los clavos:
"¡Señor mío y Dios mío!" Tan compenetrado estaba de la letra y del
espíritu de las Escrituras judías que, al oírlo hablar, creíamos ver al
mismísimo Isaías o a algún otro profeta del antiguo pacto.
Un día, no sin cierta curiosidad,
porque esa cuestión era muy debatida en esa época, le preguntamos: « ¿Qué
piensa usted de la inspiración de las Escrituras?» Levantando su Biblia,
respondió: «Creo que ésta es la Palabra de Dios; el Espíritu de Dios mora en
ella. Cuando la leo, digo al pueblo: ¡Guardad silencio, y oíd lo que Jehová os
quiere decir! En cuanto a la comparación que se quiere hacer entre la
inspiración divina de las Escrituras y la de Homero o la de Shakespeare para
escribir, no es cuestión de establecer grados mayores o menores de inspiración
entre la primera y las últimas, sino de comprender que son de diferente
especie. La electricidad puede correr por una barra de hierro, pero nunca podrá
ser conducida por una barra de vidrio, cualquiera que sea la pureza o la
transparencia de éste, pues la electricidad no tiene ninguna afinidad con el
vidrio. Del mismo modo, el Espíritu de Dios mora en la Santas Escrituras porque
ella constituye Su medio de comunicación, pero no se encuentra ni en los
escritos de Homero ni en los de Shakespeare porque no tiene ninguna afinidad
con ellos.
Otro día, fue él mismo quien se
dirigió a nosotros diciendo: "¿Saben ustedes cuántas preguntas y controversias
han levantado los judíos respecto al pasaje de Zacarías que dice: “...Mirarán a
mí, a quien traspasaron" (12:10)? Los judíos no quieren admitir que es a
Jehová a quien traspasaron. De allí proviene la discusión concerniente a la
palabra traducida con la expresión "a quien". ¿Saben ustedes que esta
palabra está constituida por la primera y la última letra del alfabeto hebreo,
o sea Alef y Tau? ¿No creen que es muy natural que me haya sentido maravillado
cuando leí en Apocalipsis 1, v. 7 y 8, las mismas palabras de Zacarías citadas
por Juan: "He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que
le traspasaron"; y luego las palabras del Señor glorificado: "Yo soy
el Alfa y la Omega"? Nos parece oír a Jesús, diciendo: «¿Queda todavía
alguna duda en cuanto a Aquel "a quien" habéis traspasado? Yo soy el
Alef y la Tau, el Alfa y la Omega, Jehová, el Todopoderoso.»
Nada era más conmovedor y
patético que escuchar a este profeta del Israel de estos últimos días, hablando
de la bendición y de la gloria de su nación cuando ésta haya sido conducida
nuevamente a disfrutar la comunión y el favor de Dios. «Las naciones (los
gentiles) —decía— no pueden alcanzar la bendición que les está reservada, antes
de que esto ocurra, y el Mesías rechazado y crucificado no podrá ver el fruto
del trabajo de su alma, ni quedar satisfecho, antes de que sus hermanos según
la carne lo hayan reconocido y aceptado.» Finalmente, con un fervor imposible
de describir, pronunció estas emocionantes y bellas palabras: «Ahora, Jesús,
la cabeza, el jefe glorificado de la Iglesia, está edificando su Cuerpo.
¿Creen ustedes, por un instante siquiera, que mi nación no tendrá ninguna
parte en ese Cuerpo? Ciertamente tendrá el último lugar, y el más sagrado, pues
cuando millones de seres de la India o de la China, y multitudes del África y
de las islas del mar, cuando el último de los gentiles haya sido traído desde
el seno de esas tierras para completar el Cuerpo de Cristo, entonces quedará
aún un pequeño lugar para Israel, un lugar que será como la abertura en el
costado del Señor, la herida que no cerrará hasta que, finalmente, la nación
que la ha provocado sea salva.»
Rabinowitz volvió a Rusia para
continuar su ministerio, enseñando, predicando y publicando millares de
tratados, cuyo texto se sigue empleando hasta hoy.
Franz Delitzch, el gran teólogo
alemán, consideraba que la conversión de Rabinowitz fue la más notable después
de la del apóstol Pablo.
Jacob Gartenhaus (B.N. 1895)
3. El movimiento de Besarabia................................ 6
5. Años de prueba. Emigración.............................. 11
7. Profundos ejercicios:
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