viernes, 28 de junio de 2013

Del Sinaí al Gólgota

(Juan  Samuel Syniak fue un judío de nacionalidad Rusa, que nació en la segunda mitad del siglo XIX y falleció  en Lausana en la década de 1940. En la carta que publicamos relata las experiencias que lo llevaron a reconocer que Jesús es aquel cuya venida y sufrimientos fueron anunciados por Isaías y los profetas)

Nací en Rusia en el año 1863. Mi padre, que era un pia­doso rabino de la Polonia rusa, y fiel a las enseñanzas del Talmud, se esforzaba en seguir al pie de la letra los manda­mientos de la Ley y de la Torá. De esta manera esperaba justificarse ante Dios y recibir su bendición.
Desde el casamiento de mis padres, habían transcu­rrido seis años sin que pudieran engendrar hijos. Durante todo ese tiempo rogaron a Dios que les concediese un niño, ya que para los judíos, los hijos son, en primer lugar, una manifestación de la benevolencia divina y, en segundo lugar, brindan la seguridad de una unión estable, porque, según las prescripciones del Talmud, todo matrimonio que no puede procrear debe ser disuelto al cabo de diez años.
Con el nacimiento de un hijo varón, se vieron colmados sus anhelos. Desde mi nacimiento hasta los siete años, sufrí los efectos de una parálisis que me impedía caminar, pero eso no fue un inconveniente para que mi educación fuera extremadamente severa. ¡Cuántas veces me castigó mi padre por haber dejado caer al suelo, inconscientemente o no, el pequeño casquete (kipá) con que los judíos siempre deben cubrir sus cabezas! También me castigaban si los cordones en las franjas de mis vestidos lucían desaliñados (véase Númerosl5:37-39), o si no despedía rápidamente a un niño no judío que hubiera venido a jugar conmigo.
Mi padre murió cuando tenía treinta y seis años. Su salud se quebrantó prematuramente, por las duras privacio­nes que se había impuesto a sí mismo, tratando de alcan­zar la santidad. Aunque era muy severo conmigo, fue un buen padre. Cuando él murió, mi madre se encargó de mi educación.
Mi madre era una mujer muy dulce, y tan piadosa como mi padre. Mis rápidos progresos en la escuela le daban gran satisfacción. Como tenía facilidad para el estudio, me dediqué a él con tesón; y, tanto mis maestros como mis parientes, pensaban que yo llegaría a ser una luminaria en Israel.
Mi ambición era llegar a ser rabino, ya que mi familia pertenecía a la clase sacerdotal. Según nuestro árbol genealógico, soy descendiente de la casa de Aarón. Por eso cuando cumplí nueve años, me enviaron a la sinagoga para estudiar bajo la férula de los dirigentes religiosos de la comunidad judía. Dios me había dotado de una concien­cia delicada, y la severa educación que me impartieron mis padres me había ayudado a desarrollarla. Desde los cuatro años tuve conciencia del horror del pecado y de la santi­dad de Dios. Un día en que me estaba bañando estuve a punto de morir ahogado. En esos momentos, la angustia que se apoderó de mi alma fue terrible pues, aun recono­ciendo que era un pecador, no podía implorar el socorro de
Dios, porque estaba desnudo en el agua. De acuerdo con las prescripciones del Talmud, un judío no puede orar si no está completamente vestido. Pero Dios me salvó de aquella fatalidad, como lo hizo más tarde cuando, manifestando su gracia, me salvó de la perdición eterna.
Cuando cumplí trece años, se celebró la fiesta de mi emancipación y de la responsabilidad que todo joven debe asumir desde esa edad. Yo mismo redacté el discurso que debía pronunciar en esa ocasión, discurso que en estos casos suele ser escrito por el maestro de religión. El tema que elegí para esa oportunidad fue «el nazareato», pues mi deseo era consagrar mi vida entera a Dios. El día que recibí los amuletos o filacterias, fue un día de piadosas reso­luciones y, puedo decirlo, muy feliz. Pero dos días des­pués, me encontraba abatido y desanimado. Había faltado a mis compromisos y experimentaba mi incapacidad para llevar una vida santa, debido a la condición pecaminosa de mi corazón. Desde ese momento sostuve una ininterrum­pida lucha interior y suspiraba constantemente por hallar liberación.
Por consejo de mi guía espiritual, me uní a unos jóvenes judíos, celosos en la fe, en cuya compañía estudié la ley, haciendo ayunos y oraciones. Comenzábamos el estudio a las siete de la mañana y continuábamos sin interrupción hasta las tres de la tarde; luego lo retomábamos a las cuatro y seguíamos hasta las cinco de la mañana siguiente. De las veinticuatro horas del día, sólo asignaba tres para participar de mis frugales comidas y para dormir por un corto lapso de tiempo. No me acostaba en la cama sino que dormía en una silla del aula. Sólo el viernes a la mañana volvía a casa y, extenuado, dormía hasta el sábado a la mañana.
Viví de ese modo durante dos largos años, hasta que mi salud se quebrantó seriamente, debido a las privaciones y largas vigilias que me había impuesto. Pero también mi alma estaba enferma, porque no hallaba la paz. Así que renuncié a mi proyecto de ser rabino y me dispuse a estu­diar para obtener un título de profesor. Después de varios años me asignaron una cátedra para enseñar los idiomas ruso y hebreo en Kischineff, un poblado de Besarabia, muy lejos de mi patria.
3. El movimiento de Besarabia
En Rusia, después de la muerte del zar Alejandro, estalló una persecución contra los judíos, cuyas consecuencias se sintieron hasta en la región de Besarabia. Muchos de nues­tros connacionales emigraron a Palestina con la idea de fundar allí una colonia. La misión de hallar en Palestina un rincón de tierra favorable para la realización de este pro­yecto, fue confiada al abogado Joseph Rabinowitsch, un hombre que se contaba entre los más eminentes.
Rabinowitsch era un sabio que conocía también la histo­ria de los Evangelios pero, aunque fue hijo de una judía creyente, era un librepensador. Cuando fue a Jerusalén y visitó los lugares sagrados, entre otros, la iglesia del Santo Sepulcro que, según se dice, fue construida sobre la tumba de Cristo, se detuvo a contemplar durante mucho tiempo este memorable lugar. Súbitamente, una pregunta comenzó a inquietar su alma: Aquel que fue puesto en ese sepulcro, ¿no habría sido el Mesías de su pueblo? ¿Por qué Israel lo crucificó? ¿En qué situación se encuentra mi pueblo ahora? ¿Por qué, desde entonces, fue abatido por tantas desgra­cias? Estas preguntas, que se sucedían unas tras otras con la rapidez de un relámpago y que se habían apoderado de su mente, sirvieron para alumbrar su corazón y conducirlo
a la luz plena. El jurista judío incrédulo fue divina y cabal­mente convencido de que ese Jesús, crucificado por su pueblo, había resucitado y era el Hijo de Dios, el Rey de Israel. Rabinowitsch salió de la iglesia del Santo Sepulcro, sintiendo que un cambio radical se había operado en él. Ahora era una "nueva criatura".
Esa misma noche, desde su hotel, el flamante convertido a Cristo escribió a Kischineff: «He hallado la llave del pro­blema judío.» Es de imaginar la alegría y agitación que este anuncio provocó en su ciudad natal. La noticia apareció en los diarios, y todos los habitantes esperaron con impacien­cia el retorno de su conciudadano.
Rabinowitsch llegó al cabo de quince días y, enseguida, organizó una reunión a la que asistieron cuantos pudieron llegar. En presencia de los judíos más honorables de la ciudad, dio una conferencia a la que prestaron la mayor atención. Como lo hizo Esteban, según leemos en el capí­tulo 7 del libro de los Hechos, el orador demostró a los oyen­tes que Dios había conducido misericordiosamente a su pueblo, enviándoles muchos testigos que fueron temeraria­mente rechazados unos tras otros. Relató toda la historia del pueblo judío hasta llegar a Jesús de Nazaret, y terminó con estas palabras: «Y este Jesús es el Cristo, nuestro Mesías prometido. Ésta es la única solución para el pro­blema judío.» Como resultado de estas palabras se mani­festaron el estupor y la indignación. En menos de dos minu­tos la sala quedó vacía. El auditorio huyó llorando y sacu­diendo la cabeza.
Desde ese día Rabinowitsch anunció diariamente a Cristo. Muchos judíos iban a verlo; unos blasfemando, otros para polemizar, y algunos, no pocos, aceptaron sus pala­bras y se convirtieron al Señor.
Rabinowitsch celebraba reuniones en su casa y lo hacía con regularidad. Leía dos capítulos de las Escrituras: uno del Antiguo y otro del Nuevo Testamento. Con la lectura del primero exponía las profecías, y con la del segundo el cum­plimiento de ellas; con uno la sombra y con el otro la reali­dad: Cristo. En la entrada de la casa había un cartel escrito en ruso y en hebreo, donde se leían las palabras pronuncia­das por el apóstol Pedro: "Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucifi­casteis, Dios lo ha hecho Señor y Cristo" (Hechos 2:36).
Tal era la situación cuando la mano de Dios me condujo a Besarabia. Me sentía miserable y abatido. La preocupación por mis pecados, para los cuales no hallaba propiciación, era constante y no me daba descanso.
Antes de repetir mis plegarias a la mañana y a la noche, y para acatar las prescripciones del Talmud, leía diaria­mente los primeros capítulos del Levítico, que tratan sobre los sacrificios, y declaraba siempre, según las ordenanzas: «¡Que la repetición de estas palabras delante de ti, oh Dios, me sea contada como si yo mismo te hubiera ofrecido un sacrificio!» Pero siempre me asaltaban las dudas: ¿podría Dios concederme esta petición?
Yo deseaba, de todo corazón, practicar los preceptos de Dios. Sabía que eran justos y rectos, pero era incapaz de perseverar en ellos. Había prestado oídos al tentador, y como no hallaba paz en la lectura de la Torá, me sumergí en el estudio de libros filosóficos. Leí a Spinoza y a Kant; e iba al teatro, lo cual era algo condenable para un judío fiel. Naturalmente, mi alma ávida de paz y de comunión con Dios, no encontró ningún alivio en la filosofía; aún menos que en los ejercicios religiosos.
Corría ese tiempo cuando oí hablar de las predicaciones de Rabinowitsch acerca del Dios de los gentiles. A pesar de mi miserable estado, sentí una viva indignación, y me costó largo tiempo tomar la decisión de asistir a esas reuniones para escucharlo. Mientras tanto escribí al redactor de un diario judío de San Petersburgo, diciéndole que un jurista judío daba conferencias en Kischineff, incitando a sus oyen­tes a convertirse al Dios de los cristianos.
El diario publicó mi carta, señalando que, por el hecho de que yo era profesor, sería la persona indicada, con la suficiente autoridad para debatir con él y reducir al silencio los argumentos de ese hombre, y se proponía publicar mi debate con Rabinowitsch.
Durante el otoño de 1884, un sábado a la mañana fui a la casa de Rabinowitsch, tal como me lo había sugerido la parte directiva del diario. Ese día él disertaba acerca de "las ciudades de refugio" que, en el antiguo pacto, Dios había dado a su pueblo, para que cualquiera que involunta­riamente hubiera vertido sangre inocente, pudiera escapar del vengador, refugiándose en una de ellas. Rabinowitsch leyó el capítulo 35 del libro de los Números y luego algunos pasajes del Nuevo Testamento.
Estupefacto, le oí decir que mi pueblo había vertido la sangre de un justo de la simiente de David, y que este justo, clavado en la cruz, había clamado a Dios: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Por esta causa, explicó Rabinowitsch, Israel está huyendo de delante del vengador de la sangre. Pero, ¿a dónde podría huir? El orador demostró entonces que, según las profecías divinas, la única salvación posible para Israel se halla en los sufri­mientos y la muerte del Justo, en Aquel que fue sin pecado, y de quien Isaías dice: "Herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados" (Isaías 53:5). «El Santo de Israel —decía Rabinowitsch—, al que su pueblo rechazó y crucificó, y después de cuya venida le fue retirado el cetro a Judá, no es otro que Jesucristo el Hijo de David, aquel de quien, en el Nuevo Testamento, está escrito: "La sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado". Por eso Él es la "ciudad de refugio" para Israel, para el Israel que ha derramado su sangre.»
Estas palabras penetraron profundamente en mi corazón, ¡Cuánto había suspirado por esta revelación! Comprendí que era posible obtener el perdón de los peca­dos y la paz con el Dios de nuestros padres que, según las profecías, había enviado a un Redentor, a Jesús, de Belén —la ciudad de David—, de la casa de Judá. Supe que el León de la tribu de Judá, la simiente prometida a la mujer, era Aquel que murió en el Gólgota y aplastó la cabeza de la serpiente.
Cuando terminó la reunión, me acerqué a Rabinowitsch y le pedí un Nuevo Testamento que él me entregó con sumo gozo. Luego volví apresuradamente a casa llevando mi tesoro y, durante tres días y tres noches —con breves interrupciones— dediqué todo el tiempo a este precioso Libro, leyéndolo con atención desde el principio hasta el fin. ¡Qué claridad de lo alto me dio! ¡Qué plenitud de luz!
Naturalmente, al principio entendí muy imperfectamente lo que leía; pero los Evangelios, los Hechos y, sobre todo, la epístola a los Hebreos, me revelaron el glorioso plan de Dios para la salvación del pecador. Comprendí el estado de perdición del hombre que, por naturaleza, se encuen­tra alejado de Dios, sin otra esperanza que el juicio y la condenación. Hallé también la respuesta a lo que yo sentía y me había hecho suspirar durante tantos años: supe que
el hombre es culpable, que está perdido y que es inca­paz de ayudarse a sí mismo. Pero a la vez, Dios me pre­sentaba ahora la maravillosa redención preparada para el pecador, la salvación eterna que Él ofrece en su inmenso e inefable amor. Entonces recibí la paz por medio de la fe en la sangre de Jesús, a quien Dios presentó como propiciación (Romanos 3:25). Un gozo indescriptible llenó mi alma. Repentinamente, más de cien pasajes del Anti­guo Testamento que hasta ese momento me habían resul­tado difíciles de entender, ahora se presentaban con toda claridad a mi corazón. Adoré a Dios con reconocimiento y acciones de gracias, porque desde ese momento Él fue mi Dios y Padre en Jesucristo.
5. Años de prueba. Emigración
Con absoluta lealtad hice saber al redactor del diario de San Petersburgo cuál había sido el resultado de mi gestión ante Rabinowitsch, diciéndole que, por medio de éste, había encontrado la salvación y la paz en Jesús. Se comprenderá muy fácilmente el hecho de que mi carta haya sido reducida al silencio. También escribí a mi madre, en quien no dejé de pensar desde que hallé al Señor. Yo sabía cuánto sufría bajo el peso de las leyes del Talmud y cómo deseaba la liberación. Pero ella no me comprendió; creyó que yo había perdido la razón y me rogaba que volviera a casa. Entonces le escribí por segunda vez, relatándole con muchos detalles lo acontecido; pero ella me contestó con palabras terribles, diciendo que si yo había negado la fe de mis padres ya no deseaba volver a verme.
En los años que siguieron me vi sumido en amargos sufrimientos; fueron años en los cuales me vi expuesto a muchas pruebas y tentaciones. El pensamiento de ser rechazado por mi madre, a quien yo amaba con tanta ter­nura, y de estar separado de ella para siempre, me que­brantaba el corazón. Pero la voz de Dios se mantuvo victo­riosa, a pesar de que mi mayor tristeza era la imposibilidad de poder compartir con mi madre la felicidad de conocer al Señor. Muy pronto afloró la tentación de guardar como un secreto tesoro, reservado sólo para mí, el don de gracia de Dios, porque, de acuerdo con mis razonamientos, sabía que perdería mi puesto de profesor en cuanto reconociera a Cristo de manera oficial. A menudo, durante las noches, clamaba a Dios: «Señor, tú sabes que no fui yo quien te buscó, sino que Tú me has buscado y me has hallado. Te ruego que me muestres el camino en que debo andar y que me guíes.» El Señor me dio las fuerzas para levantar y hacer brillar su luz y no ponerla debajo del almud. Naturalmente, eso significó el fin de mi carrera como profesor en un insti­tuto judaico.
El señor Rabinowitsch y otros creyentes me propusieron que predicase el evangelio a los judíos como misionero remunerado. Pero, a pesar de lo mucho que me habría gustado trabajar para el Señor entre mis hermanos según la carne, no me agradaba mucho la idea de hacerlo en las condiciones que me proponían. El ejemplo del apóstol Pablo se presentaba con claridad ante mí, de modo que comuniqué a mis amigos que, antes de anunciar el Evange­lio, y para poder hacerlo sin percibir un salario fijo, quería aprender el oficio de cerrajero. Lo creía realmente impor­tante para la obra entre los judíos, porque ellos tienen una gran predisposición para pensar que detrás de toda activi­dad existe indefectiblemente un interés monetario.
Mi idea de aprender un oficio a la edad de veinticinco años, provocó la sonrisa de mis amigos, pero no me sentí frustrado por eso, porque sentía que mi plan tenía la aprobación de Dios. Dejé, pues, mi país y me instalé en Ale­mania, en la ciudad de B., donde encontré a un cerrajero creyente que consintió en aceptarme como aprendiz. Dios, en su gracia, me dio las fuerzas y las facultades necesarias para emprender mi nueva tarea.
Fui bautizado en B. y, aun sabiendo que esto ocasionaría una nueva amargura a mi madre, consideré que mi deber era comunicárselo. Según la creencia de los judíos, cuando uno de ellos se convierte al cristianismo pero no llega a bau­tizarse, los suyos aún guardan esperanzas de que sea resti­tuido al judaísmo, pero si se bautiza, ya no tiene posibilidad de salvación y queda definitivamente excluido de su pueblo. De manera que, cuando partí para Alemania, mi madre me había conjurado para que no me hiciera bautizar, lo que la obligaría a maldecirme. Me expresó que tenía la esperanza de que yo sería guardado de dar ese paso decisivo, por res­peto ala piedad de mis padres y de mis ancestros.
Cuando, con una vacilante pero feliz confesión, le comuniqué mi decisión de bautizarme, recibí la más des­piadada respuesta que mi madre pudo haber escrito en su vida. Al leerla quedé abatido y tuvieron que llevarme a mi habitación, donde permanecí completamente ano­nadado durante tres días. Mi madre me había escrito: «Recibí la noticia de tu muerte. Rasgué mis vestidos y eché ceniza sobre mi cabeza. Mi duelo por ti ha comen­zado.» A continuación citaba todas las maldiciones enun­ciadas en el capítulo 26 del Levítico y en el capítulo 28 del Deuteronomio. La carta terminaba con este versículo:
"Toda enfermedad y toda plaga que no está escrita en el libro de esta ley, Jehová la enviará sobre ti, hasta que seas destruido" (Deuteronomio 28:61).
A este doloroso golpe se añadieron penosas desilusiones. Yo no podía esperar nada del cristianismo de Rusia, donde la religión se limitaba a algunos ritos y a la adoración de iconos. De manera que, lleno de alegría y esperanza, me contacté con cristianos de Alemania; pero, lamentablemente, entre ellos comprobé la realidad de las certeras palabras del Señor Jesús concernientes a aquellos que dicen: "¡Señor, Señor!", pero no le pertenecen realmente. Los cristianos que encontré en B., y más adelante en otros lugares, procuraban llegar a la santificación de la carne. Las enseñanzas que recibí de parte de ellos oscurecieron el conocimiento que yo había adquirido acerca de la elevada posición que el cre­yente posee en Cristo, y que Dios me había revelado cla­ramente por su Palabra. Pretendía poder santificarme a mí mismo, colocándome de nuevo bajo la ley. Me esforzaba en mejorar mi vieja naturaleza la cual, según la Palabra, es incorregible, pues Dios la crucificó y juzgó con Cristo en la cruz (Gálatas 2:20 y 5:24). Como no podía lograr tal santificación me sentía muy infeliz. Me encontraba enredado en una mezcla de judaísmo con cristianismo tal como la que el apóstol denuncia, tanto en la epístola a los Gálatas como en la epístola a los Colosenses, a quienes el apóstol amo­nesta severamente. En una palabra, había perdido de vista a Cristo. Mis ojos se habían apartado del Salvador resucitado y sentado a la diestra de Dios, para ocuparme de mí mismo, de ese pobre y miserable viejo hombre en el cual no mora el bien (Romanos 7:18). Así como lo hace tanta gente, sólo me acercaba a Cristo para suplicarle noche y día que san­tificara y purificara mi naturaleza pecadora. Pero, ¿cómo habría podido escuchar Él semejante oración? Su muerte en la cruz me había salvado y justificado plenamente (Roma­nos 6:6-7). Sin embargo, las falsas enseñanzas me habían turbado, haciéndome perder la bendita certeza de que el Espíritu Santo moraba en mí, y también empañaron mi segu­ridad de ir con el Señor cuando fuera llamado a su presencia. Estas verdades me habían hecho muy feliz cuando estaba en Rusia, pero ahora me sentía muy desgraciado, porque había llegado a confundirme de tal modo que ya no sabía si yo era judío o cristiano. Y en muchas cosas veía que el cristianismo que me rodeaba era tan sólo un poco mejor que el judaísmo del que había salido.
Creí que todo estaba perdido. Pero Dios tuvo piedad de mí y, con el poder de su Espíritu y la ayuda de su Palabra, me hizo volver a la simplicidad que se encuentra en Cristo. Me mostró que mi lugar y mi porción están firmes en Cristo; y que por Él ya era santo y perfecto, apto para participar de la herencia de los santos en luz, por el hecho de ser una nueva criatura, miembro de Cristo, uno con Él para siempre, de manera que nada me podría separar de su amor. Desde ese momento fui nuevamente feliz y pude dirigirme a Dios como a mi Padre, con el corazón lleno de gozo.
Había transcurrido aproximadamente un año desde el día en que recibí la fulminante carta de mi madre. Para ella yo estaba muerto, así que no esperaba recibir más noti­cias suyas; sin embargo, continué escribiéndole todas las semanas, aunque siempre con temor de que no leyera mis cartas. A veces me desanimaba mucho y no sentía deseos de orar por su conversión.
Pero un día, con gran sorpresa, recibí una carta en la que me decía: «Querido hijo, estuve enferma y siento una gran angustia en el alma. Me dirijo a ti con dos pedidos: Perdóname y envíame otro Nuevo Testamento. ¡Ora por mí! Tu madre.»
¡Qué felicidad sentí! Ese mismo día le envié un Nuevo Testamento en hebreo y le escribí con gran afecto. Su res­puesta no se demoró. Como ella no conocía las circuns­tancias en que me encontraba, me rogaba insistentemente que la visitara en Rusia. Pero, ¿cómo podría yo afrontar los gastos de tal viaje? Lo que ganaba en verano como cerra­jero, apenas me alcanzaba para pagar mis estudios téc­nicos durante el invierno. Además, me sentía moralmente obligado a ayudar a un amigo de Besarabia, que se había convertido por medio de un Nuevo Testamento que yo le había obsequiado y que, con su familia, estaba sufriendo grandes necesidades porque había perdido su puesto de profesor. Pero Dios es un Dios que hace maravillas. Aca­baba de enviar el dinero a mi amigo, cuando recibí una carta de un creyente de Stuttgart que me invitaba a alojarme gratuitamente en su casa durante el período que durasen mis estudios en la escuela técnica. Recibí esta oferta con gratitud, como un gran socorro de la mano de Dios, aunque el ofrecimiento aún no me brindara la posibilidad de realizar un viaje a Rusia. Sin embargo, poco después, una señora creyente informada de mi situación me remitió el dinero necesario para el viaje. Aproveché las vacaciones de Navi­dad para encaminarme a Rusia inmediatamente. Según el deseo expresado por mi madre, nuestro encuentro no tuvo lugar en mi ciudad natal, sino en una localidad que distaba a algunos kilómetros de ella.
Cuando llegué a la estación, mi madre, que me estaba esperando desde hacía dos horas, se arrojó a mis brazos exclamando: « ¡Hijo mío! ¡Hijo mío!» Luego fuimos en trineo hasta el hotel donde ella había reservado habitaciones y, una vez instalados allí, sólo pasamos unos minutos hablando de mi viaje y de algunas otras cosas, hasta que, con un pro­fundo suspiro me dijo: «Hijo mío, hablemos ahora de algo muy importante. ¿Ves cómo he envejecido? ¿Qué será de mi alma cuando yo muera?»
Me habría resultado más fácil contestarle estas pregun­tas por escrito. Permanecí un momento sin hallar las pala­bras convenientes; finalmente le dije: «Madre, yo creo que tú lo sabes.»
Ella me miró con tristeza y dijo: «Pero tú sabes que muy a menudo he blasfemado el nombre de Jesús, y que te he maldecido a ti también, resistiendo tus palabras de cuantas formas hallé. ¿Me quedará aún alguna posibilidad de obte­ner el perdón?»
La consolé diciéndole que, sin duda alguna, sus remor­dimientos eran el fruto de la obra del Espíritu Santo y una prueba de la eficaz gracia de Dios. Estas palabras la cal­maron de inmediato y me pareció que refrescaron su acon­gojado corazón. Seguimos conversando largamente, y si yo me apartaba del tema, mi madre volvía a él y me hacía nuevas preguntas acerca de la salvación de Dios.
Al día siguiente, muy temprano, vino a verme en mi habitación y retomó la conversación de la víspera. De pronto exclamó: «¿Por qué habría de dudar todavía, si el mismo Dios que pronunció el juicio contra los culpables, dio también el medio para escapar de la condenación y ofrece al pecador una salvación completa y gratuita por medio de su Hijo Jesu­cristo, quien sufrió y murió en lugar de los culpables? Todo esto me concierne a mí también. ¡Sí, yo lo creo!»
Me sentí colmado de felicidad. Sentí la necesidad de explayar mis sentimientos por medio de acciones de gra­cias y me arrodillé. Mi madre me imitó y, ante mi sorpresa, fue la primera en orar: «Señor Jesús, te doy gracias por la redención que has cumplido y por la fe que me has dado. ¡Tú sabes, Señor, cuán débil es aún mi fe! Fortifícala y auméntala, te lo ruego.»
Después de haber orado y dado gracias al Señor por su misericordia, buscamos juntos un pasaje de su preciosa Palabra y, a pedido de mi madre, leímos el capítulo de los Hechos que relata el discurso y el martirio de Esteban. Luego dijo: «¡Oh, qué infortunio para nuestro pueblo que está tan ciego y lleno de odio contra Cristo! ¡Qué felices son los creyentes! Desearía que mi muerte fuese como la de Esteban. ¡Cuánto lamento que nuestro encuentro haya tenido lugar aquí, y no en mi ciudad natal! Si sus habitantes nos lapidaran sólo lograrían matar nuestro cuerpo. También nosotros podríamos levantar los ojos al cielo y decir: "Señor Jesús, recibe mi espíritu", tal como lo hizo Esteban.»
El velo había sido quitado de sus ojos por el Espíritu Santo, y su corazón desbordaba de alabanza y gratitud al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Ahora ella tam­bién tenía el mismo Padre.
Me interesó mucho escuchar lo que mi madre me contó acerca del tiempo en que había recibido el anuncio de mi bautismo. Según la costumbre judía, ella comenzó el duelo por mi «muerte». Cuando estaba por finalizar el tiempo de su duelo recibió una carta mía, acompañada de un Nuevo Testamento. El libro fue arrojado al fuego, tal como los que le había enviado anteriormente y la carta permaneció cerrada. Después de algunas horas, impulsada por una extraña fuerza, mi madre la abrió, leyó algunas líneas y la puso a un lado. Luego de experimentar una gran lucha inte­rior, quiso leerla hasta el final y, cuando terminó de hacerlo, la rechazó enseguida con horror. Al día siguiente, comenzó a atormentarla una pregunta: «¿No sería este Jesús, el Mesías prometido?» Se espantó por haber tenido este pen­samiento culpable y, como penitencia, se impuso un ayuno.
Pero su corazón se veía asaltado constantemente por una duda. Esa lucha interior continuó durante meses, y cada una de mis cartas aumentaba su angustia; hasta que, aun cuando estaba muy contrariada, su anhelo de salvación y paz llegó a ser tan grande, que me escribió para pedirme un Nuevo Testamento. Después de tantas y tan dolorosas luchas, el gozo que ahora experimentaba mi querida madre era inmenso.
La hora de separarnos llegó demasiado pronto, pero la certeza de estar indisolublemente unidos en Cristo nos sos­tuvo en el dolor de la despedida. Y mi madre, tal como el funcionario etíope después de su encuentro con Felipe, siguió su camino llena de gozo. Pronto me escribió que había llegado muy feliz a su casa. En el encabezado de su carta citaba las palabras de María: "Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador."
Poco tiempo después, la fe de mi madre fue duramente probada. Cayó gravemente enferma, y mi hermana, que fue llamada para cuidarla, leyó las cartas que yo continuaba escribiéndole y supo el cambio que se había operado en ella. Mi hermana, fuera de sí, arrojó el Nuevo Testamento al fuego, e interceptó mis cartas durante los tres meses que duró la enfermedad. Pero el Señor siempre permanece fiel. Por su poder que se manifiesta en la debilidad, mi madre fue guardada en el buen camino.
Durante ese tiempo, estando yo en Stuttgart, sentí una gran inquietud. ¿Por qué mi madre no me escribía más? ¿El enemigo habría logrado apartarla del Señor? ¿O estaría sufriendo persecución de parte de los judíos?
Decidí enviar una carta abierta con una intimación: si no obtenía respuesta, me dirigiría al alcalde de la ciudad para tener noticias. Pronto recibí una carta de mi hermana, escrita en hebreo, en la cual, con muchas imprecaciones, me acusaba de ser el homicida de mi madre, diciéndome que la había llevado a las puertas de la tumba. Me prohibía escribirle, y me advirtió que en caso de hacerlo, mis cartas no le serían entregadas. Por tristes que fueran estas noti­cias, me traían el consuelo de saber que mi madre vivía y continuaba fiel a su fe. Escribí de nuevo a mi hermana supli­cándole que me mantuviera informado y que entregara mis cartas a mamá, pero fue en vano. Un día recibí una carta de una señora judía que vivía cerca de la casa de mi madre. Me decía que la había visitado y que se ofrecía como inter­mediaria para recibir y enviar nuestra correspondencia. Era una mujer sincera, que había recibido al Señor y mantenía en secreto su fe. Ella cumplió fielmente con lo prometido.
Pero un día me escribió muy alarmada, contándome que, bajo la almohada de mi madre, habían hallado una muy extensa carta dirigida a mí, que había sido leída y que su contenido había sido comunicado al rabino quien, a pesar de la gran debilidad que sentía mi madre, se presentó para excluirla solemnemente de la sinagoga.
Después de un tiempo, tuve ocasión de conocer a esa vecina. Ella confesaba, con lágrimas, que creía en el Señor Jesús, pero que no tenía las fuerzas necesarias para reco­nocerlo en público. ¡Qué doloroso! En Rusia, entre los judíos piadosos hay un gran número de personas en esa situación.
Contra toda esperanza, la salud de mi madre se restableció. Mi hermana volvió a su hogar y mamá pudo volver a escribirme.
Después de la partida de mi hermana, mi madre recibió la visita de una vecina que quería saber el motivo de la gran agitación que había notado en la casa. Mi madre le contó lo que Dios había hecho por ella, y cómo había hallado redención, salvación y vida eterna por fe en el Señor Jesús. Eran palabras muy extrañas para esa mujer católica que no tenía ninguna seguridad en cuanto a su salvación, ni cono­cía la paz con Dios. Escuchó con atención lo que mi madre le dijo y la porción de las Escrituras que le leyó; y Dios, en su misericordia, no permitió que su Palabra volviera a Él sin producir fruto. Esta alma sedienta halló la salvación y la paz. Fueron días de gran bendición los que ambas pasaron leyendo juntas la Palabra.
¡Quiera el Señor, en su gracia, guardar a mi anciana madre y a todos aquellos que buscan Su socorro! ¡Cuán felices, cuán eternamente felices son aquellos que recono­cen que Jesús es el Hijo de Dios y lo reciben como su Sal­vador, mientras dura este tiempo de gracia! Él es "la piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa...El que creyere en él, no será avergonzado" (1 Pedro 2: 4, 6).
... Todo Israel será salvo (Romanos 11:26).
Jacob (o José) Rabinowitz, fue uno de los personajes judeo-cristianos más importantes que han existido. Nació en Rusia en 1837 y falleció en su país de origen en el año 1899. Al cumplir seis años, ya mostraba una agilidad mental poco común. Desde muy joven había aprendido a recitar de memoria el Cantar de los Cantares de Salomón, en forma completa. En cuanto a sus estudios, realizó una brillante carrera y se graduó de abogado con las mejores notas. Pro­metido en casamiento desde muy joven, se casó a los die­cinueve años.
Cuando cumplió dieciocho años, su futuro cuñado le prestó un ejemplar del Nuevo Testamento en hebreo, diciéndole: «¡¿Quién sabe si Jesús no fue el verdadero Mesías?!» Rabinowitz quedó profundamente sorprendido al oír seme­jante declaración, y trató de borrarla de su mente. Pero Dios no se lo permitió. En ese tiempo tomó parte activa en los asuntos de su pueblo, y escribió muchos artículos en periódicos judíos, alentando, sobre todo, a emprender estu­dios que se aplicaran al ámbito agrícola, con el fin de mejo­rar la situación del pueblo judío.
En momentos en que se intensificaba la persecución contra los judíos en Rusia, Rabinowitz fue a Palestina con el propósito de fundar una colonia donde ellos pudieran asen­tarse. Un día, hallándose cerca del monte de los Olivos, se sentó y comenzó a reflexionar, asaltado por las numerosas preguntas que se agolpaban en su mente y lo inquietaban desde hacía tiempo; preguntas tales como las siguientes: «¿Por qué se encuentra en este estado de desolación la ciudad de David y la tierra que nos fue prometida mediante el pacto?» « ¿Por qué razón nuestro pueblo se halla disperso hasta los extremos de la tierra?» « ¿Por qué todas estas per­secuciones se renuevan constantemente?» Y allí mismo, al pie de la colina, abrió el Nuevo Testamento que había lle­vado consigo, principalmente con el objeto de usarlo como una ayuda para reconocer los sitios históricos, y sus ojos se fijaron en el capítulo 15 del evangelio de Juan, donde leyó: "Separados de mí nada podéis hacer" (v. 5). Estas palabras penetraron como un relámpago en su espíritu, e inmediata­mente tuvo la convicción de haber hallado por fin el remedio para todos los males de su pueblo, y de que la clave para descifrar el misterio de Tierra Santa estaba en las manos de Jesús. Su conversión fue tan repentina como la de Saulo de Tarso. Más tarde diría; «En un abrir de ojos vi el panorama completo: Nuestros millonarios banqueros judíos, con todo su oro, no pueden hacer nada por nosotros. Nuestros eru­ditos y políticos, con toda su sabiduría, tampoco. Nuestras sociedades de colonización, con toda su influencia y sus grandes capitales, tampoco pueden ayudarnos. Nuestra única esperanza es Jesús, nuestro hermano, a quien hemos crucificado, pero al cual Dios ha resucitado de entre los muertos y se encuentra sentado a su diestra. Sin Él nada podemos hacer.»
Al regresar a Rusia, predicó con un celo semejante al del apóstol Pablo, e hizo un llamamiento a su pueblo para proclamar que Jesús es su única esperanza. Formuló trece tesis y escribió la obra: «Símbolo de los Israelitas del Nuevo Pacto». Muy pronto fue objeto de serias persecuciones; sin embargo, permaneció fiel a lo que había recibido del Señor. Gracias a la influencia del evangelista escocés Sommerville, se construyó una sinagoga en la ciudad donde vivía Rabinowitz, y el gobierno ruso, en un gesto condescen­diente, le otorgó el permiso necesario para predicar, reco­nociendo oficialmente la existencia del «Movimiento Rabi­nowitz». Durante muchos años permaneció en esa ciudad predicando a Cristo, y distribuyendo por toda Rusia trata­dos que contenían el texto de sus predicaciones. El último tratado que escribió se titulaba: «Jesús de Nazaret, Rey de los judíos».
El evangelista D. L. Moody invitó a este gran misionero a visitar la Feria Mundial de Chicago con el fin de alcanzar con su prédica a millares y millares de personas que concurrían a la Exposición y, especialmente, a los judíos. Entre otros pre­dicadores muy conocidos que visitaron Chicago en esa opor­tunidad, se hallaba el evangelista A. J. Gordon, proveniente de Boston. Al doctor Gordon le agradaba decir que, de todos los maestros y predicadores que conoció y que habían lle­gado desde todos los países del globo, el que mayor interés le había hecho sentir era José Rabinowitz. En el libro «Vida de Adoniram Judson Gordon», escrito por su hijo, Ernest B. Gordon, se puede leer el siguiente comentario:
«En el pasado mes de julio, fuimos a Chicago para tomar parte en la campaña de evangelización organizada por D. L. Moody en la Feria Mundial de esa ciudad, y nos alo­jaron en una habitación contigua a la de un invitado ruso cuyo nombre aún no se había dado a conocer. Una noche, oímos fervientes cánticos en hebreo, que provenían de esa habitación. Cuando preguntamos acerca de esto se nos dijo que se trataba de alguien llamado José Rabinowitz, que había llegado de Rusia. Con gran sorpresa, descubri­mos que nos encontrábamos al lado de este hombre que deseábamos conocer, para lo cual no habríamos dudado en cruzar el océano. Fuimos presentados enseguida y, desde ese día, pasamos juntos tres semanas inolvidables, disfru­tando de la comunión fraternal, dedicados al estudio de las cosas concernientes al Reino. Nos quedan los recuerdos imborrables de esos días de comunión.
A medida que transcurría el tiempo, conversando con este israelita en quien no había engaño, y oyéndolo expre­sar oraciones en las que su corazón desbordaba, nos pare­cía que nunca habíamos sido testigos de un amor tan pro­fundo por Jesús, ni de una consagración tan grande a Su persona y Su gloria. Jamás olvidaremos su rostro radiante de felicidad, cuando comentaba los Salmos mesiánicos en nuestro culto de la mañana o en el de la tarde. Tampoco olvidaremos cómo, por momentos, en medio de la lectura, levantaba de pronto los brazos y los ojos al cielo, extasiado de admiración al contemplar a Cristo, ya sea en sus sufri­mientos o glorificado. Entonces decía, como Tomás al ver la marca de los clavos: "¡Señor mío y Dios mío!" Tan com­penetrado estaba de la letra y del espíritu de las Escrituras judías que, al oírlo hablar, creíamos ver al mismísimo Isaías o a algún otro profeta del antiguo pacto.
Un día, no sin cierta curiosidad, porque esa cuestión era muy debatida en esa época, le preguntamos: « ¿Qué piensa usted de la inspiración de las Escrituras?» Levan­tando su Biblia, respondió: «Creo que ésta es la Palabra de Dios; el Espíritu de Dios mora en ella. Cuando la leo, digo al pueblo: ¡Guardad silencio, y oíd lo que Jehová os quiere decir! En cuanto a la comparación que se quiere hacer entre la inspiración divina de las Escrituras y la de Homero o la de Shakespeare para escribir, no es cuestión de establecer grados mayores o menores de inspiración entre la primera y las últimas, sino de comprender que son de diferente especie. La electricidad puede correr por una barra de hierro, pero nunca podrá ser conducida por una barra de vidrio, cualquiera que sea la pureza o la transpa­rencia de éste, pues la electricidad no tiene ninguna afi­nidad con el vidrio. Del mismo modo, el Espíritu de Dios mora en la Santas Escrituras porque ella constituye Su medio de comunicación, pero no se encuentra ni en los escritos de Homero ni en los de Shakespeare porque no tiene ninguna afinidad con ellos.
Otro día, fue él mismo quien se dirigió a nosotros diciendo: "¿Saben ustedes cuántas preguntas y contro­versias han levantado los judíos respecto al pasaje de Zacarías que dice: “...Mirarán a mí, a quien traspasaron" (12:10)? Los judíos no quieren admitir que es a Jehová a quien traspasaron. De allí proviene la discusión concer­niente a la palabra traducida con la expresión "a quien". ¿Saben ustedes que esta palabra está constituida por la primera y la última letra del alfabeto hebreo, o sea Alef y Tau? ¿No creen que es muy natural que me haya sen­tido maravillado cuando leí en Apocalipsis 1, v. 7 y 8, las mismas palabras de Zacarías citadas por Juan: "He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron"; y luego las palabras del Señor glorificado: "Yo soy el Alfa y la Omega"? Nos parece oír a Jesús, diciendo: «¿Queda todavía alguna duda en cuanto a Aquel "a quien" habéis traspasado? Yo soy el Alef y la Tau, el Alfa y la Omega, Jehová, el Todopoderoso.»
Nada era más conmovedor y patético que escuchar a este profeta del Israel de estos últimos días, hablando de la bendición y de la gloria de su nación cuando ésta haya sido conducida nuevamente a disfrutar la comunión y el favor de Dios. «Las naciones (los gentiles) —decía— no pueden alcanzar la bendición que les está reservada, antes de que esto ocurra, y el Mesías rechazado y crucificado no podrá ver el fruto del trabajo de su alma, ni quedar satisfecho, antes de que sus hermanos según la carne lo hayan reco­nocido y aceptado.» Finalmente, con un fervor imposible de describir, pronunció estas emocionantes y bellas pala­bras: «Ahora, Jesús, la cabeza, el jefe glorificado de la Igle­sia, está edificando su Cuerpo. ¿Creen ustedes, por un ins­tante siquiera, que mi nación no tendrá ninguna parte en ese Cuerpo? Ciertamente tendrá el último lugar, y el más sagrado, pues cuando millones de seres de la India o de la China, y multitudes del África y de las islas del mar, cuando el último de los gentiles haya sido traído desde el seno de esas tierras para completar el Cuerpo de Cristo, entonces quedará aún un pequeño lugar para Israel, un lugar que será como la abertura en el costado del Señor, la herida que no cerrará hasta que, finalmente, la nación que la ha provo­cado sea salva.»
Rabinowitz volvió a Rusia para continuar su ministerio, enseñando, predicando y publicando millares de tratados, cuyo texto se sigue empleando hasta hoy.
Franz Delitzch, el gran teólogo alemán, consideraba que la conversión de Rabinowitz fue la más notable después de la del apóstol Pablo.
Jacob Gartenhaus (B.N. 1895)
3.   El movimiento de Besarabia................................ 6
5.   Años de prueba. Emigración.............................. 11
7.   Profundos ejercicios:

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